Mi Historia
Si algo he aprendido en la vida es que el dolor no tiene la última palabra.
Desde muy pequeña conocí la pérdida. Tenía apenas dos años cuando mi padre falleció, dejando a mi madre embarazada de mi hermano menor y con ocho hijos que sacar adelante. Crecí viendo a una mujer valiente que, aun sin tenerlo todo, nunca dejó de luchar por nosotros. Esa fue mi primera lección de resiliencia.

Mi infancia tampoco fue fácil. Sufría constantes alergias en la piel, infecciones dolorosas y migrañas que con los años se hicieron cada vez más intensas. A los 21 años recibí un diagnóstico que cambiaría mi vida para siempre: artritis reumatoide juvenil.
El dolor se convirtió en mi compañero de todos los días.
Hubo momentos en los que necesitaba ayuda para vestirme, caminar o simplemente levantarme de la cama. Dejé de hacer muchas de las cosas que amaba y aprendí a vivir con una enfermedad que parecía querer limitar cada aspecto de mi vida.
Pero Dios siempre encontraba la manera de recordarme que mi historia aún no terminaba.
Conocí al hombre que se convirtió en el amor de mi vida. Willy fue mi refugio, mi compañero y el padre de nuestras hijas. A su lado encontré estabilidad, paz y la fuerza para seguir adelante. Él me enseñó que incluso en medio de las tormentas era posible sonreír.


Sin embargo, la vida volvió a sorprenderme de la manera más dolorosa.
El 28 de julio de 2008, cuando yo tenía apenas 32 años, mi esposo falleció.
Perder al amor de mi vida fue un golpe que nunca imaginé enfrentar. De un momento a otro tuve que aprender a vivir con un vacío inmenso mientras intentaba ser fuerte por mis dos hijas. El duelo no solo rompió mi corazón; también quebrantó mi cuerpo.
Mi artritis empeoró y, años después, llegaron nuevos diagnósticos. Me diagnosticaron lupus eritematoso sistémico, una enfermedad autoinmune que comprometía órganos vitales como el corazón, los pulmones y los riñones. Más adelante apareció la nefritis lúpica y la insuficiencia renal.
Las recaídas eran constantes. Hospitalizaciones, medicamentos, tratamientos costosos y un pronóstico médico que dejaba muy poca esperanza.
Había días en los que respirar era un verdadero esfuerzo.
Mientras luchaba por mantenerme con vida, mis hijas también enfrentaban su propia batalla. Paulina asumió responsabilidades enormes para ayudarme y Manuela vivía en silencio el dolor de perder a su padre y ver a su mamá enferma. Ellas fueron una de las razones más grandes para no rendirme.
Años antes había experimentado un milagro que fortaleció profundamente mi fe. Después de recibir oración por sanidad, viví un tiempo libre de los dolores de la artritis. Esa experiencia me enseñó que Dios seguía obrando, aun cuando la realidad parecía decir lo contrario.
Cuando médicamente ya no había muchas opciones y hasta me habían negado la posibilidad de salir del país, Dios volvió a abrir una puerta inesperada.
Gracias al amor y apoyo de mi hermana Sandra y de su esposo Johnny, pude viajar a California para comenzar una nueva etapa.


Las primeras semanas estuvieron llenas del cariño de mi familia, y cuando menos lo esperaba ocurrió algo que jamás imaginé.
A través de una página de citas conocí al hombre que, con el tiempo, se convertiría en mi esposo. Él no solo llegó para amar mi corazón, sino también para caminar conmigo en el proceso de reconstruir mi vida y mi familia. Su apoyo emocional, espiritual y económico fue una respuesta de Dios cuando más la necesitaba.

Mirando hacia atrás, entiendo que cada pérdida, cada diagnóstico y cada lágrima tenían un propósito mayor.
Hoy no cuento mi historia para hablar de enfermedad, de dolor o de tragedias.
La cuento porque soy testimonio de que siempre existe esperanza.
Porque cuando pensé que ya no podía más, encontré fuerzas que no sabía que tenía.
Porque cuando todas las puertas parecían cerradas, Dios abrió una que cambió mi destino.
Y porque aprendí que los milagros no siempre llegan como los imaginamos, pero llegan.
Si mi historia puede dejarte una enseñanza, es esta: nunca permitas que un diagnóstico, una pérdida o un momento difícil definan el resto de tu vida. Aun en medio de la noche más oscura, siempre hay un amanecer esperándote.
Yo soy prueba de que es posible volver a empezar.


