Todos tenemos nuestra Historia

La Mia

Una historia en la que experimente un sin fin de sentimiento y viviencias, que se convirtieron en los elementos para la construcción de una nueva vida.

Crecí en una familia numerosa de Sudamérica, marcada por la muerte prematura de mi padre y de tres de mis hermanos. Mi infancia estuvo llena de carencias y problemas de salud, desde afecciones en la piel hasta crisis migrañosas. A los 21 años, fui diagnosticada con artritis reumatoide juvenil, una enfermedad que me arrebató la autonomía y me obligó a depender de otros incluso para vestirme.

Mi esposo, Willy, fue mi pilar y quien me dio la estabilidad para criar a nuestras dos hijas a pesar de mis dolores. Sin embargo, su muerte trágica en 2008 me sumió en la oscuridad; el dolor del alma superó al físico, mi salud empeoró y enfrentamos una dura crisis económica. En 2010, tras refugiarme en la fe, experimenté un milagro de sanidad que me permitió trabajar intensamente por el futuro de mis hijas durante dos años de bienestar.

Lamentablemente, en 2012 mi salud colapsó de nuevo. Mi cuerpo somatizó años de duelo y medicación, resultando en un diagnóstico de lupus eritematoso sistémico con daño renal crónico. A pesar de las recaídas, la asfixia económica y la falta de esperanza médica, continue luchando con el apoyo legal de mi hija mayor y la compañía de la menor. Me negue a rendirme y me aferre con fe a las promesas de Dios, mi única fuente de esperanza..

Cuando todo parecía perdido y la medicina me negaba cualquier esperanza, Dios abrió una puerta que nadie pudo cerrar. Gracias al apoyo de mi hermana Sandra y su esposo, se nos presentó la oportunidad de emigrar a Estados Unidos. De manera simbólica y poderosa, recibimos la aprobación de nuestra visa un 28 de julio, justo el día en que se cumplían cinco años de la muerte de mi esposo; fue la respuesta de Dios a nuestro clamor.

Llegué a California en agosto de 2013 con las maletas vacías de ropa —debido a que la inflamación de mi cuerpo no me permitía usarla— pero totalmente llenas de fe. Poco después de llegar, la providencia divina me permitió conocer a través de internet al hombre que hoy es mi esposo; él ha sido el apoyo incondicional y la herramienta de Dios para restaurar emocional y económicamente a mi familia. Mi vida es un testimonio de milagros constantes que no puedo callar.

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